Nada Personal

Maritza Rivera GaxiolaCuando mi hija tenía dos años, mi hermana me preguntó qué tal la estábamos pasando durante los “terribles dos años” y aún cuando yo orgullosamente era madre soltera y mi hija ya me había dado ya varias lecciones acerca de como ser Mamá , la verdad es que su conducta no me parecía insoportable o terrible de ninguna manera. Luego mi niña cumplió tres años, y me preguntaron lo mismo. La respuesta fue igual. Mi hermana, que tiene tres hijos, me dijo: ya la hiciste. Cuando mi hija cumplió cuatro años, nos mudamos de México a Seattle ya que tuve un ofrecimiento de la Universidad de Washington para ser Profesora Asistente y mi propio laboratorio científico. Yo estaba feliz con la oferta, la mudanza, mi realización personal y profesional y me sentía ademas muy sólida como Mamá . Ah -dije- mi niña esta chiquita, irá a su Montessori, hará muchos amiguitos, aprenderá inglés y se va a adaptar en menos que canta un gallo. Por mi parte, yo había vivido ya en varios países y viajado bastante: pan comido. ¡Vámonos! La verdad es que a grandes rasgos y considerando la complejidad del día a día, las dos nos adaptamos relativamente bien… al principio. La prueba de fuego, la adaptación más profunda vino a tocar nuestra puerta cuando ella empezó la prepa.

Ahorita ella ya está en la Universidad y es la hora en que yo no me siento ni adaptada, ni “normal”. Me casé con un estadounidense maravilloso, tuvimos otra hermosa hija, eventualmente mi hija mayor y yo nos decidimos a obtener la nacionalidad doble y, nada: creo que sigo en shock psicocultural, estrés post-traumático de adolescencia de mi primogénita. “La Doña”, “la Matriarca nata” dentro de mí de la cual yo estaba tan orgullosa, que era el ejemplo a seguir para algunas de mis amigas y amigos no estaba lista para la adolescencia de su hija. ¡No la vi venir! ¿O si?

Cuando estaba haciendo mis estudios para certificarme como Entrenadora de Padres ( PCI Certified Parent Coach®) resolvimos un cuestionario para ver qué tipo de padres éramos. El análisis mostró que era una mama bastante equilibrada, pero… ” pasarás unos años espantosos durante la adolescencia de tus hijos porque te lo tomas todo personal” decía “el conjuro”. Debido a que no entendí cómo era que ese rasgo de mi temperamento podía influir tan terriblemente en mi manera de ser madre, y ademas no tenía ni la mas remota idea de como no tomarme las cosas de manera personal, supongo que fresamente me dije a mi misma: ash, que mal plan, y probablemente mande la información directo a mi subconsciente. Proseguí con mi maternidad como hasta ese momento. Al pasar de los años, ay, ay, ay, que cierto aquel “conjuro”, que atinada profecía.

Leí y leí y leí libros, artículos, publicaciones científicas, panfletos, la columna de Dan Savage, fui a terapia, buscamos ayuda profesional, traté de conectarme con amigos, con gente que quisiera escuchar, pregunté … Pero aun cuando yo ya era Entrenadora de Padres graduada, no busqué el apoyo de un Entrenador de Padres para mí durante ese proceso. Tengo una psicoterapeuta maravillosa, llena de talentos, compasión y un apoyo inconmensurable, pero su trabajo es más médico, muy diferente al de un Entrenador de Padres/Parent Coach. Ingenua o altivamente pensé que yo podía darme mi propio coaching.

Todos los días escuchaba y leía: no se lo tome personal y verá como todos sobreviven esta fase.

Sinceramente pienso que podría haber “aguantado vara”… si hubiéramos vivido en Marte o algo así. La pubertad no tuvo piedad alguna con ella, el potaje de su vida revuelto e hirviendo, lo bueno, lo malo, la dicha y las tristezas a toda flama y en una fase frágil del desarrollo. Y la olla con mi propio potaje al lado, tratando de hacer lo mejor que podía día tras día, pero estupefacta con respecto a lo que significaba ser adolescente en Seattle. Hasta entonces, todo me había parecido bastante ‘universal’, proteger la dignidad de todos los involucrados aplicaba aquí y allá. Todavía me sentía con bastante confianza, aunque mi alma estuviera de la fregada… pero de pronto no se trataba de mi sobrevivencia, sino de la de ella. ¿A qué se estaba exponiendo al hacer algo tan normal y bueno como ir a la escuela? ¿Que, qué ? ¿Que el vodka anda rolando en el salón? ¿Dónde están los maestros? ¿Qué dicen? ¿ Dealers esperándolos afuera de la escuela? ¿Escuché bien? ¿Adolescentes matando y muriendo? ¿Pandillas y niñas de la escuela recibiendo invitaciones para prostituirse? No, no vivimos en la zona roja de Tijuana ni escogimos su escuela de manera aleatoria. No hay manera de poner esto suavemente, no es una broma de “dile no a la drogas y no hables con extraños” o un programa de la tele. Que “experiencias normativas” ni que nada. no era que me lo tomara personal porque “así salí yo”. Esta nueva fase o cultura me estaba retando de manera absolutamente personal. A mí, a mi hija, ¡ a cualquiera! Había que dar zarpazos de osa gigante, enojada y confusa a ese ambiente y al mismo tiempo tratar de decidir la mejor ruta a seguir. Si yo, como adulta, supuestamente preparada, me sentía así, ¿se imaginan por lo que estaba pasando mi hija? ¿Que su doctor ya no puede hablar contigo si no da su consentimiento el adolescente porque tiene 13 años? ¿Que les pueden recetar psicotrópicos y anticonceptivos a los 13 sin siquiera hacerlo de tu conocimiento y encima no darle seguimiento? ¿Naturaleza o cultura? A la mejor yo pasé mi adolescencia de noche y sin luz. ¿Era sólo yo? ¿Yo no entendía porque no era americana? ¿Cuál es el propósito de una sociedad que empodera a los chicos de esa manera sin antes proveerlos con los recursos necesarios? Y ante el peligro y los riesgos, tuve que tomar la decisión más dolorosa y difícil de mi vida. Me sentí aislada, juzgada, malentendida. Es más, me sentí totalmente vencida, avergonzada y abandonada a lo que yo percibía como mis propios recursos diminutos. Mi familia lloró conmigo. No me sentía ni mexicana, ni americana. Mi hija está ahora muy bien, viva, hermosa, aguerrida y levantando el vuelo, pero el precio fue muy alto y ningún profesional me lo advirtió: su lazo hacia mí y su confianza fueron violentamente cercenados. Nos ha tomado cada día de estos últimos tres años poder redefinir y reconstruir, aun cuando ella todavía es adolescente y yo tengo mis limitaciones. Pero la dos le ponemos enjundia, mucha enjundia. ¿Por qué ? Porque ES PERSONAL. Por mi parte, ya no estoy avergonzada y hasta me siento un poco mas sabia, gracias quizás a que hago yoga, al apoyo incondicional de mi esposo, mi terapeuta, mi familia y unos cuantos amigos. Pero el dolor del corazón no se me va a quitar ni hoy, ni nunca.

Después de cuatro años, sinceramente creo que el apoyo de una Entrenadora de Padres (Parent Coach) me hubiera ayudado mucho. Hasta mi terapeuta lo sugirió en algún momento! No me cabe la menor duda de que la adolescencia le hubiera sido dura a mi hija, el ambiente quizás hubiera sido el mismo -desafortunadamente, el consejo profesional a la mejor hubiera sido el mismo. Sin embargo, creo que mi vida interior, mi esencia hubiera sido diferente y el corolario de mi decisión podría haber estado menos cargado de emociones paralizantes. Creo que me esperé demasiado, creí que yo me podía dar coaching solita y en medio de la tormenta utilizamos los servicios de cuando menos tres “profesionales del campo” fatales.

Desde mi perspectiva y la manera en que yo trabajo, un Entrenador de Padres no es un amigo, no es un terapeuta ni viene a resolver tus problemas. Un PCI Certified Parent Coach® va hombro con hombro creando contigo sin ser tu pareja ni el papá o la mamá de tus hijos. Tu entrenadora no toma las decisiones por ti, ni te lleva de la mano, sin embargo, es su trabajo procurar que no te sientas sola o abandonada, empoderandote para que hagas acto de presencia en la vida de tus hijos, invitándote a crecer y a honrar cada fase de tu propio desarrollo, de tu propia vida. Una PCI Certified Parent Coach® va a insitir en que te cuides a ti misma. Hay que nutrir a la madre para que ella nutra a sus hijos. Ahora sé que “el conjuro” no era sólo información, sino una invitación a auto-actualizarme, a reconocerme, y eso precisamente es el esqueleto que sostiene el parent coaching. Irás descubriendo, soñando, diseñando y finalmente implementando lo que preferirías ver como tu destino. El mío, por ejemplo, sigue en flujo: mi segunda hija va a cumplir ocho años y, lo que es yo, con toda seguridad voy a contratar un PCI Certified Parent Coach® en menos de cinco años! Nada personal.

Copyright 2015, Maritza Rivera Gaxiola, Ph.D., All rights reserved. Used with permission.

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